Respétate a ti mismo con tu conducta; respeta a los demás con buenos modales

En nuestra era acelerada e informal, los límites del decoro se han difuminado. Lo que empezó como «viernes informal» en los lugares de trabajo se ha extendido a la vida cotidiana: vestimenta relajada, lenguaje informal y menor atención a la etiqueta. Sin embargo, las Escrituras nos llaman a una norma más elevada. El apóstol Pablo nos recuerda: «Tanto si coméis como si bebéis o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31). Incluso los actos más sencillos, como compartir una comida, reflejan nuestro carácter y nuestra fe. Un hombre que aspira a la masculinidad auténtica -lo que llamamos un Hombre de Cinco Estrellas- abraza la galantería. Se comporta con excelencia, honrando a Dios al respetarse a sí mismo mediante una conducta disciplinada y respetando a los demás mediante unos modales considerados.

La Biblia relaciona repetidamente el amor propio con el autocontrol, un fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23). Proverbios advierte: «Como una ciudad cuyos muros han sido derribados es una persona que carece de autodominio» (Proverbios 25:28). Los impulsos incontrolados nos hacen vulnerables; los hábitos disciplinados nos fortalecen. En la mesa, esta disciplina brilla con luz propia. Los buenos modales declaran la dignidad, tanto la nuestra como la de los demás. Como dice Pedro: «Honrad a todos» (1 Pedro 2:17), y Pablo añade: «Amaos los unos a los otros. Honraos los unos a los otros por encima de vosotros mismos» (Romanos 12:10). La mesa se convierte en un espacio sagrado donde los hombres galantes practican estas verdades.

Considera la sabiduría de Proverbios 23:1-3: «Cuando te sientes a cenar con un gobernante, fíjate bien en lo que tienes delante, y ponte un cuchillo en la garganta si eres dado a la glotonería. No anheles sus manjares, porque esa comida es engañosa». Salomón insta a la moderación en los ambientes influyentes. Un hombre galante se prepara deliberadamente, reflejando el cuidado bíblico del cuerpo y del alma.

En primer lugar, se lava las manos antes de acercarse a la mesa. Este sencillo acto se hace eco del énfasis bíblico en la limpieza y la preparación. Aunque Jesús cuestionó el lavado ritual vacío (Marcos 7:1-8), la preparación honra la ocasión. Unas manos limpias simbolizan un corazón dispuesto a la comunión, como pregunta David: «¿Quién podrá subir al monte del Señor? … El que tenga las manos limpias y el corazón puro» (Salmo 24:3-4).

En segundo lugar, se acicala y viste adecuadamente. Las Escrituras nos llaman a presentarnos como embajadores de Dios (2 Corintios 5:20). Todo lo que hacemos, lo hacemos «como trabajando para el Señor» (Colosenses 3:23). Una apariencia pulcra respeta al anfitrión, a los invitados y a la propia ocasión.

En tercer lugar, siéntate con dignidad, sin inclinar nunca la silla. Una buena postura refleja dominio de sí mismo y respeto por el entorno. Los hábitos encorvados o descuidados perturban; el porte erguido honra el espacio compartido.

En cuarto lugar, no sobrecarga su plato, sino que refrena su apetito. Aquí resuena con claridad la advertencia de Proverbios contra la glotonería: «No te unas a los que beben demasiado vino o se atiborran de carne, porque los borrachos y los glotones se empobrecen» (Proverbios 23:20-21). La moderación glorifica a Dios, que provee en abundancia pero nos llama al autocontrol. Un hombre galante come con gratitud, no con avaricia.

Quinto, come despacio y mastica con la boca cerrada. La prisa es señal de desconsideración; el ritmo deliberado muestra atención. Esta pequeña disciplina respeta la comodidad de los demás y se hace eco de los llamamientos bíblicos a evitar el comportamiento grosero.

En sexto lugar, trata a los servidores con la máxima dignidad: dándoles las gracias cordialmente. Jesús dio ejemplo de ello lavando los pies a Sus discípulos: «Ahora que yo, vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Juan 13:14). Nadie es despreciable. Un hombre galante ve a cada persona como portadora de la imagen de Dios, ofreciendo una amabilidad que apunta a Cristo.

En séptimo lugar, mantén una conversación respetuosa: moderada en tono y volumen, nunca dominante. Las Escrituras instan a «no hablar mal de nadie, a evitar las disputas, a ser amables y a mostrar una perfecta cortesía hacia todos» (Tito 3:2). La mesa fomenta el compañerismo edificante, no la autopromoción. Como en Lucas 14, Jesús enseñó humildad: ocupa el lugar más bajo, deja que el anfitrión te ensalce.

En octavo lugar, nunca contesta al teléfono ni permite distracciones en la mesa. En caso de emergencia, se excusa en silencio. Esto honra la presencia: estar plenamente con los demás. Nuestra era de conexión constante tienta a la división; un hombre galante elige la atención indivisa, reflejo del amor al prójimo (Marcos 12:31).

En noveno lugar, no extiende la mano a través de la mesa. Pide educadamente lo que necesita. Así respeta los límites y el espacio de los demás, encarnando la Regla de Oro: «Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti» (Mateo 7:12).

Décimo, mantiene una buena postura sin encorvarse. El porte erguido transmite alerta y respeto por sí mismo, por los compañeros y por la santidad de la comida.

En undécimo y duodécimo lugar, evita acicalarte en la mesa: nunca te limpies las uñas con un tenedor ni utilices un palillo. Tales actos distraen y menoscaban la dignidad. La verdadera galantería mantiene en privado los asuntos personales.

Estos principios forman los modales en la mesa de un hombre galante:

  1. Se lava las manos antes de venir a la mesa.
  2. Está bien peinado y vestido adecuadamente para la ocasión.
  3. Nunca inclina la silla en la mesa.
  4. No sobrecarga su plato. Controla su apetito.
  5. Come despacio, mastica con la boca cerrada.
  6. Siempre trata a quienes le sirven con dignidad y respeto, diciendo cordialmente: «Gracias».
  7. Mantiene el tono y el volumen de la conversación a un nivel respetable. No domina la conversación.
  8. Nunca contesta al teléfono ni se distrae con él en la mesa. Si tiene que hacerlo, se excusa, sale y atiende la llamada, sólo en caso de emergencia.
  9. No cruza la mesa.
  10. Se sienta con buena postura y no se encorva en la mesa.
  11. No se limpia las uñas con el tenedor.
  12. No utiliza palillo en la mesa.

Si tu profesión implica cenar con personas influyentes, invierte en un entrenador de etiqueta. Esta orientación afina las habilidades que abren puertas y honran a Dios.

La galantería es mucho más que reglas en una mesa: es una forma de vida que refleja el carácter de Cristo. En un mundo que celebra la indiferencia casual, el hombre galante se distingue, atrayendo a los demás hacia Aquel que cenó con pecadores y, sin embargo, vivió con perfecta dignidad y honor.

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